sábado, 4 de diciembre de 2010

Sacándole punta a un arbolito desahuciado







Como una familia de costumbres y tradición arraigadas, no eran capaces de cambiar ni un solo detalle. Este año no iba a ser diferente, pero si algo más pobre materialmente. No estaba la economía para renovar todos aquellos objetos navideños, que cumplieron su cometido con creces, y dieron ambiente de hogar decorando muchos meses de diciembre

El niño Jesús cayó a lo largo de los años más de siete veces. Las roturas aunque delicadamente pegadas se notaban. Rotos un par de dedos, una grieta exagerada en el brazo izquierdo, un pie reconstruido por tercera vez… desconches y pintados de color piel y gama de beig…

El belén hace unos años que lo sustituyeron por imágenes de plástico de todo cien.

Y el árbol mediano... ese, si que estaba seriamente perjudicado, escuálido, un esqueleto a la vista casi metálico. Tenía penachos aquí y otros allá que disimulaban con algo de espumillón viejo, piñas, campanitas y bolas, algunas peladas y a otras les faltaba alguna pequeña zona de la esfera. Otras intactas porque eran de plástico con brillitos de esos que se despegan..

El arbolito estaba de pena, pero el pequeño de los niños, revoltoso y tozudo, no paraba de protestar hasta que por fin sus padres, cansados, le dejaban en sus manos al triste pelón y sus detalles para disfrazarlo.

Distraído y callado se mantenía Carlitos… mientras ata, enlaza y apretuja a cada una de las ramas, viejos objetos coloridos…

Por las tardes y mientras su madre preparaba la cena, Carlitos, el diseñador navideño de ese año, se sentía más importante en su propia casa. Habían depositado en él, confianza. Sintiéndose responsable por primera vez, encendía el equipo de música para oír villancicos, mientras imitaba al hombre orquesta, con un pie tocaba la pandereta, con la mano la zambomba y al compás hacia rechinar los dientes, dando vueltas y moviéndose alrededor del lastimoso árbol. Emocionado, enroscaba papel higiénico y salpicaba purpurina de colores, que más tarde se propagaba como un maldito sarampión por todo el suelo de la casa y algunos rincones



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